Las tías criticonas

Quiero pensar que casi todas las familias las tienen, que yo no soy la única.  Me refiero a ese grupo de mujeres que, tristemente, cuando se juntan son peor que un dolor de muelas.  Yo las llamo el paredón de las criticonas, las tías implacables.

No son mis tías inmediatas, gracias a Dios y me las bendiga a todas dondequiera que estén.  Son parientas lejanas.  Pero de cuando en cuando, “Las Implacables” contagian a medio mundo con su mala costumbre, así que valga por las veces que la crítica fue el tema de sobremesa sin importar el lazo consanguíneo.

Hoy me acordaba de ellas y reflexiono en los efectos de su crítica destructiva.  Comparable a un torpedo cuyo blanco en la mirilla es la autoestima de las demás.  No estoy segura de que la intención de aquél paredón insufrible era del todo inocente, aunque quizás las pobres no encontraban de qué más hablar y se entretenían cogiéndole faltas a las demás.

Verán, yo ya tengo 45 años.  Bien vividos, a Dios gracias, y es obvio que hace tiempo no soy ninguna quinceañera.  Me miro al espejo y noto las patas de gallina.  Me acerco más, sorprendida de no haberme dado cuenta antes, y de paso por fin le presto atención a las horquetillas que trato de esconder con productos para el cabello.  Y le digo a Misma: “Misma, te estás poniendo…”

Y antes de terminar la oración, Misma me refuta: “¿Me estoy poniendo qué? ¿Vieja?”  Y me río de la conversación de fantasía entre mi cerebro, el espejo y quien quiera que sea Misma.

Se me prende el bombillo, y busco entre mis cosas las pomaditas que tengo guardadas para estos casos, que antes, claro está, nunca consideré tan siquiera sacar del empaque.  Me paso la mano por el pelo, pienso que es mejor cortarlo, pero puede más la realidad de que cuando dejo que se apoderen los rizos, si está muy corto, no será mi mejor look.

Recuerdo que en las redes sociales, varias amigas lucen impecables con sus productos de belleza casi milagrosos y de marcas caras.  Y vuelvo y me miro al espejo, pensando si la crema Pond’s, que mi abuela jura es el secreto de un cutis terso, hará lo mismo conmigo.

Y Misma, una vez más, sale al rescate para poner las cosas en perspectiva:

Photo Editor-20181114_004359– “Es cierto, tengo marcas de expresión en el rostro.  Tengo arrugas, de esas que llaman patas de gallina.  También pecas. ¿Y qué pasa?

Es cierto, tengo papada y tremenda cicatriz en el mismo medio del pecho, producto de mi cirugía.  ¿Y?

No tengo el busto firme.  Soy gorda con barriga.  ¿Y qué tiene?

Soy jincha como un vaso de leche y me pongo como un camarón, con las pecas a montón por chavo, si estoy bajo el sol.  ¡Nada nuevo!”, enumera Misma mis “peculiaridades”, así, sin filtro.

“La lista de supuestos defectos podría seguir”, prosigue Misma, “sólo que no me da la gana de continuar con la tortura”.

Y ahí la detengo, la “paro en seco” como dirían en mi barrio, y la confronto.

– “Chica, Misma, es que ya una está en una edad… y tengo que ponerme las pilas, para verme mejor”.

Entonces me parece escuchar las voces de las tías criticonas, todas ellas muy mayores ya, y que tanto me hicieron sufrir en mi años mozos.

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No son ellas, pero algo así.  Las señoras cuyas crítica negativa fue muy dolorosa, pero que con el paso del tiempo, he aprendido a perdonar.

Generalmente se reunían en ocasiones familiares, supuestamente a echarse fresco en el balcón.  Algo siempre le tenían que decir al que llegaba.  Desde el pelo hasta los dedos de los pies, nada escapaba al escrutinio de aquellas señoras.  Y yo era su blanco preferido, porque era la más diferente a los demás.

Saludarlas era obligado, si no quería un pellizcón de mami por mal educada.  Respiraba hondo, porque sabía que hacerlo era caminar corderita al matadero.  Y apenas les sonreía, ahí comenzaban a acribillarme: que si estaba más gorda o más flaca, que me pusiera una correa apretada para que me hiciera cintura, que me dejara el pelo más largo (pero allá otra saltaba y la contradecía, porque según ella, el pelo cortito era mejor).

Si me vestía de negro, era un problema, porque yo era muy joven para estar con esos colores; pero si usaba tonos claros, me regañaban porque ésos me hacían ver más gorda.

Y encima de todo, me preguntaban, sin fallar en todas las veces que las veía, si ya tenía novio, que para cuándo lo iba a dejar, y otra me decía que no, que estudiara y después pensara en “novios”. Sí, en plural.

La lista de las faltas que encontraban en mi cuerpo era interminable.  Mami me defendió muchas veces, pero ellas eran demasiado hábiles con sus lenguas, y aprendieron a descargar su furia antes de que mami pudiera venir a mi rescate.  Lo peor es que si mami se ponía muy a la defensiva, también a ella se la llevaban “enredá” con sus insensibles críticas.

pexels-14303Me costó mucho trabajo sanar mi autoestima herida durante una edad tan formativa como es la adolescencia.  Aceptarme fue una lucha continua, de años, y les confieso que me volqué en los estudios, pensando que si cultivaba la inteligencia, me serviría de escudo contra un cuerpo -a juzgar por la radiografía de aquellas tías inconformes- “defectuoso”.

Hice dietas, que no sirvieron de mucho.  Aprendí a esconder mi cuerpo usando ciertos tipos de ropa, y cuando no podía hacerlo, me preparaba para lo peor.  Y la duda era mi respuesta natural ante algún comentario positivo sobre mi apariencia, pensando que era sarcasmo o hipocresía, porque la opinión del escuadrón de tías retumbaba en mi memoria.

Los años pasaron, y no les puedo contar todo lo que he tenido que trabajar conmigo para superar las críticas negativas.  Mi Fe me ayudó mucho, pero han sido tantos los días de lágrimas y dolor, incapaz de aceptarme porque no compaginaba en el mundo por ser “diferente”.  Ni hablar de ir de tiendas, porque eso sí que era una pesadilla.

Poco a poco, fui dejando atrás aquellos comentarios, que hoy sé que encerraban algunas verdades, pero que me los lanzaron como una bomba atómica sin yo tener a dónde recurrir para proteger el concepto de mí misma, que recién se formaba.

CurlyMuchos de los que me conocen saben que me gusta ser coqueta, me distingo por mis collares y mis zapatos.  Llegar ahí fue cuesta arriba.  Y tal vez contar estas cosas puede interpretarse como que soy superficial, materialista, que es un lloriqueo porque Dios no me hizo modelo de pasarela.  Pero les aseguro que, como yo, hay demasiadas mujeres en el mundo con sus autoestimas lastimadas, casi agonizando, por la crítica mal intencionada.  Y lo peor: es que esa crítica vino de otras mujeres.

De eso no se habla.  Y como no se habla, son demasiadas las veces que nos tenemos que tragar el coraje que nos provoca, porque las críticas provienen de personas a quienes les debemos cierto respeto.  Ellas lo saben, y por eso, se aprovechan.

Ese coraje lo dejamos envasado en alguna parte del sistema y lo sacamos a pasear con otros, quienes a su vez nos resultan diferentes, repitiendo así el ciclo.  Y de criticadas, nos convertimos en aquellas mismas tías criticonas.  No se le puede pasar la mano a esa realidad.  Yo pasé por eso, admito que también un día fui dura con mis críticas hacia otros; y conozco demasiadas víctimas de mis tías implacables, quienes también aprendieron a señalar cruelmente a los demás.

Ese círculo de intolerancia tiene que parar.  No es fácil, porque de alguna manera lo hemos dado por bueno.  Nada más hay que ver la cantidad de programas de radio, televisión, revistas y publicaciones en las redes sociales dedicadas a subrayar y recalcar las faltas del resto del mundo y que lastimosamente son los que más rating y ventas tienen.  Le hemos pasado la mano a los comentarios despiadados e injustos, tanto así, que ahora una humillación nos parece sensata.  Tan potente es la crítica negativa, y tan importante es el poder de nuestras palabras.

Yo sé que no soy la única que ha pasado por ese suplicio.  Las tías también atosigaron a mi hermana, a mis primas y no tengo dudas que también a muchos de mis primos varones.  Interesantemente, ellas, que distan mucho de ser perfectas, no aceptan un comentario en contra de sus acciones, su apariencia o las de sus hijos… incluso al sol de hoy.  Más de una vez, cuando les protesté por sus infames señalamientos, me dijeron: “Ay nena, por favor… ¡a ti no se te puede decir nada, porque te ofendes!”.  Me parece verles las caras, haciéndose víctimas de lo que interpretaban como un gran insulto.

Retorno a mi diálogo frente al espejo, esta vez en el reflejo están todas las mujeres y hombres que alguna vez han sido blanco de una crítica negativa insensible.

Ciertamente, son palabras dolorosas que generalmente se dicen en los momentos másDanbo inoportunos.  Trituran nuestro ego y hacen añicos nuestra seguridad en nosotras mismas.

Hay dos formas de lidiar con ello: o lo dejamos así, nos acostumbramos a las inseguridades que nos provocan y vivimos la vida con complejos; o aceptamos que en el señalamiento hay una oportunidad para mejorar, o por lo menos para aceptarnos así, como somos.

Yo opté por la segunda, pero les recalco que para llegar ahí, no fue un camino de rosas.  Y te entiendo si una vocecita dentro de ti dice: ¡como si fuera tan fácil!  Tienes razón, dar ese paso de aceptación y de perdón es súper difícil, pero una vez lo das… es liberador.

Requiere decidir, de una vez y por todas, que es el fin del tiempo de dudar de ti.  Es un “basta ya” a todo lo que te lastima, de soltar los sentimientos negativos, para trabajar hacia una mejor versión de ti misma.

Tampoco es cuestión de que, de ahora en adelante, nos vamos a creer el obligo del universo, y que sólo porque aceptamos nuestro cuerpo y nuestros supuestos defectos, vamos a esperar una horda de seguidores en las redes sociales, que idolatren nuestras facciones o nuestras poses de revista.

No se trata de eso, sino de sanar nuestra autoestima, de forma honesta y sincera con nosotras mismas; de aceptar nuestras peculiaridades y celebrar que así somos, y eso que nos hace diferentes es el encanto que aportamos a la vida.

El resultado es una libertad de emociones y de pensamiento, que te va a empoderar sobre quién eres tú, al tiempo que te servirá de vitamina para la tolerancia hacia los que te rodean.  Una vez hagamos las paces con lo que vemos al otro lado de nuestro espejo, se nos hará más natural hacer lo mismo con los demás y celebrar juntos todo aquello que nos hace diferentes y especiales.  Porque, ¿que tiene de malo ser un tanto diferente?  Y si ese “ser diferente” no es productivo para tu vida, ¿qué mejor motivación que este momento para transformarte en todo lo mejor y positivo que puedes alcanzar para ti?

Dios te va a ayudar en el proceso, lo mismo la gente que te quiere bien, tal cual eres… con arrugas y canas, con las piernas flacas o la risa explosiva.  Pero eres tú quien tiene que dar el primer paso, querer quererte.

Los criticones no van a desaparecer.  Las tías implacables siempre van a estar el balcón de nuestra existencia.  Pero contrarrestamos sus palabras con una dosis de aceptación y seguridad en nosotras mismas.  Quedan indefensas cuando les sonreímos y admitimos que sí, que estamos sobrepeso, trabajando con ello y que estamos felices; que con el pelo largo o corto, nuestra sonrisa siempre será nuestro mayor atractivo.  Y al ver que su negatividad no surte efecto, lo más probable es que se queden boquiabiertas y cesen sus injusticias… y si deciden volver a la carga, ya estarás más equipada para que ninguna de sus palabras te afecte.

Puede ser que en vez de tías criticonas, quienes te señalan implacables están mucho más cerca de ti: tu pareja, tu hermana, tus hijos, hasta tu mamá.  Yo sé que no es tan fácil ponerles un alto.  Pero el día que los enfrentes con una buena dosis de amor y les digas que así eres, que ya sabes que no eres Miss Universo pero que te amas tal cual, verás que su crítica te lastimará menos.  Ese es el momento adecuado para involucrarlos a ellos, que están en la primera fila de los inconformes, a que te ayuden a mejorar.  Y si no ves interés, no te apures. Házlo por ti misma, y ya verás que los dejas sin argumentos.

StareTambién tengo que decir que hay ocasiones que somos como somos y nada podemos hacer para cambiar esa realidad.  Pues enséñales a que breguen con eso.  Demuéstrales que has llegado a ese punto decisivo, que te has dado permiso a ti misma para amar a la imagen que te sonríe al otro lado de tu espejo, y así sabrán que han perdido en su causa.  Con eso se contrarresta el bullying de la crítica negativa y se abre paso a un proceso de sanidad.  Da lugar también a perdonar, y si logras llegar a ese punto, créeme amiga, te conviertes en la mujer más bella que pueda existir.  ¡Inténtalo!

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