Pimientos Verdes

Soy boricua y vivo al sur de Pensilvania.  Residir en este estado nunca estuvo en mi agenda, pero aquí estoy.  Un lugar muy lindo, que me ha recibido como a una de las suyas.

El reto que tiene vivir por estos lares es que poca probabilidad hay de encontrar un restaurante puertorriqueño.  Si no lo hago yo misma, me quedo con las ganas de comer algún manjar de mi tierra.  Pero mi reflexión de hoy no esta motivada por la tripa, sino por la compasión.

agriculture backyard blur close up

Verás, yo soy nacida y criada en el campo de Puerto Rico. Crecí entre los olores del agro, el canto del coquí y la humedad de la tierra fecunda.

Durante mi niñez, era totalmente normal ser parte de la “pre-producción” de pasteles (una versión libre y muy puertorriqueña de los tamales), ya fuera cortando cabulla (cordón) o limpiando las hojas de plátano.  Eran tareas importantes, pues cada una de esas partes aseguraba que el sabroso contenido se mantuviera intacto mientras se cocinaba.

Las mujeres se apoderaban de la cocina, ocupadas con hervir y exprimir el achiote, cocinar la carne, sazonar la masa de pasteles.  Aquellos aromas, producto de las manos expertas y nunca quietas de mi abuela, atraían a familiares y vecinos por igual.  Cuando llegaban y se daban la vuelta por la cocina, echando un ojo a la estufa, salían de allí con alguna tarea asignada, que no costaba más remedio que realizar si es que querían probar lo que se cocía en la olla.

Los hombres, por su parte, trabajaban afanosamente y casi sin pestañear, pelando las viandas.  Otros pasaban las horas rallando plátanos, yautías y guineos con guallos hechos de tapas de latas de galletas marca Sultana o Rovira, a las que se les habían hecho huequitos con un cuchillo.  Mi abuelo y mi tío eran expertos en ese arte rústico.  Otros hombres se enfocaban en el procesador “hecho en casa”, que si la memoria no me falla, consistía en el motor de una licuadora ensartado debajo de una cacerola vieja, para ir afinando las viandas ralladas y convirtiéndolas en aquella masa tosca, olorosa y que prometía darle forma a los pasteles y también a las alcapurrias.

Reunirse en el patio de casa de mis abuelos cuando iban a matar un cerdo también era de lo más normal.  De la misma manera, todos teníamos algo que hacer en el evento, incluso los niños… nuestra tarea era “salirnos del medio”, según mi abuelo.  Al final, ayúdabamos trayendo la leña ya cortada o sirviendo de meseros, buscando vasos con agua fría para los que ahora freían la carne en el fogón o la fileteaban para darle buen uso.

Le contaba eso a mi compañero de vida y me miraba horrorizado (la verdad, ¡casi fascinado de que no hubiera necesitado terapia sicológica después de esas vivencias!), porque su niñez en los suburbios de Pensilvania fue muy diferente.  Lo que no podía creer era que yo, siendo del campo, nunca hubiese sembrado y cosechado pimientos.

Es decir, crecí con todos los frutos de la tierra… ¿Pero yo? ¿Sembrarlos? ¿Cosecharlos?  No había sido mi tarea en la finca, concretamente.  Así que cuando me trajo varias plantitas de pimientos para que se convirtieran en mi “pasatiempo”, su gesto me sorprendió agradablemente.  Fue un volver “en miniatura” a mis días de infancia.

La experiencia, confieso, ha sido de mucha satisfacción.  Nada complicada y me pregunto por qué no lo hice antes.  Cuando una de las plantitas dio su primera cosecha, la celebramos como si nos hubierámos ganado el primer premio de la Loto.  Las demás matitas le siguieron los pasos de buena gana, dando sus frutos.  Menos una.  Era la de pimientos verdes… de esos rechonchos, que sirven para rellenarse y comerse relamiéndose.

Pasaron las semanas, y las plantas continuaban fértiles.  Pero aquella otra seguía rezagada.  Un día, mientras las mimaba con agua, tuve una conversación con la planta que aún no paría.

La miré con compasión y le dije: “Te pareces a mí.  Alrededor, todas las demás han tenido crías, pero al parecer, esto de ser mamá no es para ti ni para mí.  Sé que tu quieres, tanto como yo… pero hay veces que no está en nuestras manos.  No te acongojes, la vida sigue.  No te amargues, no por eso dejas de tener posibilidades.  Recibe el agua con que te riego, no para presionarte a que paras, sino para que llenes tus raíces.  Lo importante es que nunca dejes de ser tú.”  Bien poética que estaba yo.  Tanto, que lloré mientras le decía esas palabras.

Nunca dejé de regarla.  Nunca dejé de atenderla.  No me di por vencida.  ¡Al contrario!  Se convirtió en mi consentida.   Y la tierra no fue indiferente al afecto.

plant green paprika pepper

A las pocas semanas, aquella que parecía estéril, comenzó a exhibir pequeños retoños.  ¡Mi alegría fue grande!  Verlos crecer dibujó una gran sonrisa en mi alma.  Mi felicidad se completó el día que parió su primer pimiento verde.

No conozco “demasiadas” mujeres para quienes la maternidad no se materializó.  Las que conozco, las he tenido muy presentes al escribir estas líneas.  Cada cual tiene sus razones y realidades sobre el tema, por lo que las respeto y admiro.  Hoy no es día de compartir por qué tampoco yo he podido ser mamá, aunque es un gran y valiente paso admitir públicamente que no lo soy y tal vez nunca lo seré.  Esa es la dura verdad.  Y me duele, porque lo deseaba.  Sin embargo, Dios no se hizo de la vista larga a lo que estaba en mi corazón.

Sí… ya sé que no se acaba el mundo y que está ese conocido proverbio que reza: “a quien Dios no le da hijos, le da sobrinos”.  ¡Gloria a Dios por los sobrinos!  El mío ha sido bálsamo y una de las bendiciones más hermosas que el Señor me ha dado.  Pero la bondad de Dios hacia mí no terminó sólo con mi sobrino.  Mi afecto ha sido repartido entre los hijos de mis amistades, de compañeros de trabajo, de vecinos, los niños de la iglesia en la que por tantos años asistí (muchos de ellos hoy son adultos), y más recientemente… me inicié en las lides de ser casi casi abuela.

Alguna vez fui como aquella planta de pimientos verdes.  Por mis propias posibilidades, ser madre parecía no ser para mí.  Pero la compasión y el amor de Dios hallaron una manera creativa para canalizar mi rudimentario instinto maternal.

Ciertamente no pasé por el embarazo o el alumbramiento en cuerpo y alma, pero descubrí que amar infinita  e incondicionalmente, lo que a mi parecer es lo más cercano a cómo ama una madre, no requiere necesariamente de 9 meses de gestación.  Se trata de un afecto sin reparos; de ver posibilidades; de entregarse con convicción para transformar la vida de otros.

No soy mamá, no.  Tampoco hago estas confesiones para recibir de quienes me leen una palmadita empática en el hombro.  Más bien abro mi corazón para acompañarte a ti, que quizás has sentido el vientre vacío, como yo.  Mucho menos busco orientación sobre opciones para alcanzar la maternidad.  Simplemente quiero que sepas que no estás sola, y que aún sin hijos propios, el amor que hay en ti puede transformar vidas, si tú así lo permites.

Si riegas tu plantita “de pimientos verdes”, verás resultados.  La clave está en ser compasivos, (¡incluso contigo misma!), en reconocer que siempre hay oportunidades abiertas esperando por ti, y que amar es el mejor legado que puedas dejar en este mundo terrenal.

A las que han tenido el privilegio de sostener un pedacito de su propia vida en sus brazos, gracias por dejarme amarlos también y como mejor he podido.  Y si andas un poco estresada porque ser mamá es complicado… ¡tranquila!  La plantita que bien se riega y se cuida, siempre da cosecha.  ♥

(9 de octubre, 2018)

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¡Deseo compartir contigo muchas más vivencias!

 

Rush

“What do workers gain from their toil?” – Ecclesiastes 3.9

Today is Monday, October 8th, 2018.  It was a cloudy day, just like the weekend.  With the gray clouds, temperatures are turning much cooler, making it more than obvious that Fall is here.

Image result for Leaf in treesLeaves, however, seem to be oblivious to the subtle changes.   They’ve shown very little interest in changing their green ensemble to the the earthy tones that makes this season so picturesque.

Here, in southern Pennsylvania, it is quite an enjoyable spectacle of colors when Nature displays its array of orange, yellows and reds on the foliage, thus making it the favorite time of the year for many of its residents.  But trees, in their wisdom, know very well there’s no rush for such change… yet.

But if you go to the stores, you can expect to question if it’s still October or December is already here.  From the moment the electronic doors welcome buyers to its sales heaven, one can spot Autumn decor everywhere.  According to the sales wizards, plastic pumpkins make a great buy, for they can be used either for Halloween as much as for Thanksgiving.  Next to them, in their shiny colors, Christmas ornaments and New Year’s novelties.

What’s the rush?  In order to increase their sales, it seems that stores are thrusting us to hurry into the future and forget about living our present.  What’s wrong with living our days in calm and conscious about the blessing it is to live one day at a time?  Or is it that we have taken into the practice of overflowing our personal calendar (and lives) with multiple commitments and responsibilities, that we feel necessary to be occupied and preoccupied instead of making the most of today in peace?

Living a serene life has become a lifestyle in danger of extinction.  Everything around us is happening too quickly, and it seems almost normal to get infected with the speed with which the world goes.  More and more, we are running out of patience, to the point of preferring to have a short version of a conversation, reduced to simply give “the headlines” of it, and if possible, make it fit in a tweet or a text message… better yet, summarize what we need to say with an emoji.  It seems like there’s always something more important to do, or that we are obsessed with having our minds anywhere else but here, and now.  It seems to me like yet another addiction to be added to the long list of destructive behaviors of us, humans.

What a pity to live life with such rush!  And don’t think that it’s easy for me to sit here and point fingers, since for many years I lived life just like that: hurried.  Until one day, after stumbling with a lot of life experiences, I opened my eyes to realize that I was missing on a lot of the good stuff, which by the way was the most valuable of life itself.  I lived my days with my head in the future… and I don’t mean to forget about tomorrow.  It’s simply a realization that tomorrow does not fit and can not be lived today.

Living a rushed life can only produce stress and anxiety.  Anxiety brings illnesses.  Illnesses produce pain.  And pain opens the door to unhappiness.  So if we are unhappy with such rushed life, why are we running headless behind it?

 

Put on the brakes.  Stop. Breathe.  Lift your head up.  Open your eyes and observe.  Look intently.  You’ll discover little details that are often missed because of the speed with which we go by in life.  Blessings only appreciated by those who take life’s journey in a calmed way, who make time to reflect on their surroundings and grant life’s little things the value they should truly have.

It’s not an easy exercise, I know it very well.  Just give it a try, for real, and do it at least once a day. You’ll start to see and understand life much differently, guaranteed.  And this is not a fancy excuse to put off plans or setting goals, but to slow down and smell the roses.

Living in a rush will never give us the satisfactions of living a serene life.  For when we slow down, we are able to be in tune with our surroundings, with our loved ones, to have a renewed perspective of our circumstances and realities, and most of all, with God, the One who created you and gave you life, so you can live it, enjoy it and cherish to its fullest.

 

Prisa

“¿Qué provecho obtiene el que trabaja de aquello en que se afana?” –Eclesiastés 3.9

Hoy es lunes, 8 de octubre de 2018.  Estuvo nublado todo el fin de semana, y hoy no ha sido excepción.  Con las nubes grises, las temperaturas van tornándose más frescas y con esos cambios, vamos asimilando que ya estamos en otoño.

Image result for Leaf in treesLas hojas, en cambio, aún no se animan a ir mudando sus vestidos verdes por los de tonos ocres.  Aquí en el sur de Pensilvania, el espectáculo de colores da gusto cuando la naturaleza despliega sus vestidos de temporada, y con mucha razón hay quienes dicen que esta es su estación preferida del año.  Pero los árboles, todos ellos sabios, saben que todo tiene su tiempo.

En los comercios, la experiencia es diferente.  Uno no sabe si es octubre o diciembre.  Desde que abren las puertas automatizadas de la mayoría de los establecimientos, pueden verse todo tipo de adornos otoñales.  Las calabazas de plástico, dicen los vendedores, pueden bien usarse para la Noche de Brujas como para el Día de Acción de Gracias; y más al lado, también se encuentran los ornamentos navideños y de año nuevo.

¡Cuánta prisa!  Por vender, los comercios nos empujan a desvivirnos por el futuro y a olvidarnos de disfrutar el vivir ahora.  ¿Acaso está mal enfrentar nuestros días con pausa y ser conscientes de la bendición que es vivir un día a la vez?  ¿O será quizas que nos ha gustado desbordar la agenda de vida con compromisos y responsabilidades, que ahora nos vemos obligados a estar más ocupados y preocupados en vez de disfrutar del hoy con tranquilidad?

Vivir de forma sosegada es un estilo de vida en peligro de extinción.  Todo va tan a prisa, que es fácil contagiarnos con la alta velocidad con que trasita el mundo a nuestro derredor.  Preferimos que nos den “los titulares” o la versión corta de una conversación, y si es posible que quepa en un “tuit” o mensaje de texto, y por qué no, mejor resumirlo en un “emoji”.  Pareciera que siempre hay algo más importante qué hacer, o que deseamos que nuestra mente esté en cualquier otro lugar menos aquí, ahora…  A mi juicio, es una adicción más en la larga lista de conductas destructivas del ser humano.

¡Qué pena que vayamos así por la vida!  Y no me lo tomes a mal, porque por muchos años yo también viví así.  Un día, después de varios tropezones, abrí mis ojos a la realidad de ese “desvivir”, al darme cuenta de lo que me estaba perdiendo en mi vida y que, en realidad, era lo que mayor valor tenía.  Vivía el hoy pensando en el mañana…. y no digo que hay que vivir de espaldas al futuro, sino que el futuro no cabe y no puede vivirse en el hoy.

Esa prisa lo que nos trae es ansiedad.  La ansiedad nos trae enfermedad.  La enfermedad nos trae dolor.  El dolor nos trae infelicidad.  Y si somos infelices a causa de esa prisa, ¿por qué la seguimos de forma desbocada?

Frena. Deténte.  Respira.  Levanta tu cabeza.  Abre tus ojos y observa.  Mira bien.  Descubrirás detallitos que la prisa nos hace pasar por alto.  Bendiciones de Dios, envueltas en su propia sencillez, que sólo quien camina sosegadamente y reflexiona, puede darles el incomparable valor que merecen.

No es fácil este ejercicio, yo lo sé bien.  Sólo se necesita un poco de voluntad y hacerlo aunque sea una vez al día.  Verás la vida diferente, te lo garantizo.   Y no se trata de una excusa para echar al olvido el planifacarse y tener metas, sino de bajar revoluciones.

La prisa nunca podrá darnos las satisfacciones que vivir pausadamente nos provee.  Porque con la pausa nos ponemos en sintonía con nuestro entorno, con los nuestros, con una nueva perspectiva de lo que son nuestras circunstancias y realidades, y más que nada, de Dios, quien te dio la vida para que la vivas y disfrutes a plenitud.