Sé un espíritu libre y #Evoluciona

En la vida, uno tiene la oportunidad de coincidir con gente que deja huellas en nuestro camino.  Algunas de esas huellas se dibujan junto a las tuyas por un trecho corto de la trayectoria, otras te acompañan a través de toda la jornada.  Hay otras que, aunque las dejaste atrás hace algún tiempo, vuelven a encontrarte.

Conocí a Ivonne Rosario, periodista de prensa escrita, cuando yo dirigía la oficina de comunicaciones del Departamento de la Familia en Puerto Rico (a principios de la década del 2000).  Era una labor retante la que tenía en mis manos, por la naturaleza de los casos que atraían a la Prensa, y mi rol era facilitarles la información.

En muchas ocasiones, Ivonne me contactó para pedir datos e incluso cubrió las conferencias de prensa de aquél entonces, y de ahí continuamos en una relación de colegas.  Luego de un tiempo (ya me había mudado yo para Estados Unidos), Ivonne y yo volvimos a conversar, ya no tanto debido a las noticias, sino en un plano de amigas.  Y aunque no nos vemos o hablamos todos los días, hay un vínculo solidario que nos une.

Periodista al fin, Ivonne tiene muchas historias qué contar.  Pero la historia más fascinante de todas, es la suya.  Una de crecimiento y de emerger como un espíritu libre.  Hoy comparte con ustedes algunas pinceladas de su experiencia e importantes palabras de motivación, que estoy segura que serán una inyección de ánimo para tu semana.  Se une a este foro hoy, para juntas acompañarte.  Aquí se las dejo, ¡que disfruten!

Por: Ivonne Y. Rosario

Soy un espíritu de libre pensamiento y la feliz madre de dos adolescentes, Abdiel y Giuliano. He sido Periodista de profesión hace más de 15 años, evolucionado a diario en el mundo de las comunicaciones y reinventándome en otros campos.

 

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Ivonne Y. Rosario – Periodista por más de una década del periódico El Vocero, Puerto Rico. Su cobertura se destacó en temas de educación, salud y política. Consultora de Comunicaciones.

Todos los días trabajo para evolucionar, tanto a nivel personal como en el campo laboral, porque de eso se trata la vida: de estar en constante movimiento, dejando atrás los fracasos y malas experiencias que te hicieron llegar al escenario actual.

Hace casi una década estuve sumergida en uno de los peores procesos para un ser humano: el divorcio. Desde entonces mi vida ha dado un giro totalmente liberador. Como todo proceso, al principio fue muy difícil superar la ruptura y seguir hacia adelante con mis hijos.  Pero les aseguro que se puede y que, gracias a esa decisión, soy la mujer que les escribe hoy.  Me fascina mi vida, evolucioné en todos los aspectos, personales y profesionales ¡y lo que falta! Soy una mujer plena.

Sin embargo, para llegar a esta plenitud, me costó muchas lágrimas, desvelos, decepciones, alejarme de personas y pensar sólo en mis hijos y en mi. Esto fue la zapata para dar espacio al espíritu libre que habita en mí. Hoy no le temo al fracaso, ni a los cambios, ni a la soledad.  Al contrario, experimento cosas nuevas que antes jamás hubiese hecho. No me ato a lugares y mucho menos a personas.  No permito que entren a mi vida personas negativas, llenas de inseguridades que siempre infunden miedo y quieren paralizarte. No permito que la sociedad me establezca parámetros. Tú  estableces los parámetros en tu vida, tienes total control de tus acciones y también total responsabilidad.

Con mi experiencia y evolución, quiero empoderar a la mujer y ¿porqué no? También al hombre que piensa que no puede seguir adelante, que se limita por los fracasos. Trabajen para su libertad mental y espiritual, libertad que todo ser humano necesita, aún en pareja.

Hoy les digo: se puede, cree en ti, edúcate y todos los días explora algo nuevo que sume a tu vida. ¡Este proceso es fascinanate! Y recuerda que no importa la opinión de los demás, pues es un proceso individual. Mucho menos la de personas conformistas; sólo necesitas tu propia aprobación.

La clave para lograr lo que quieres es no tener miedo y dar el paso, la toma de decisiones en el momento adecuado. Salir de donde estás sumergida, solo tú puedes hacerlo. Lo digo categóricamente: por más ayuda que te brinden, si no te empoderas y actúas tú misma, te quedarás en el mismo lugar.

Sé una persona tan segura que dondequiera que vayas dejes tu esencia. 

Así soy, una mujer fuerte pero simple, segura e independiente. Muy celosa con lo que he logrado hasta ahora con mucho sacrificio, por eso no permito que cualquiera entre a mi vida, pues la estabilidad emocional que tengo no es negociable.

No doy paso a comentarios inútiles que me desenfoquen. Me concentro en lo que quiero lograr, en reinventarme todos los días, no importa lo difícil que sea. No me dejo influenciar, porque al final sólo yo soy la responsable de mis actos.

Claro hay días buenos, regulares y malos, pero tengo una filosofía para los días malos y la comparto con ustedes. Es la siguiente: internalizo que ese día pasará, simplemente lo bloqueo, sólo respiro hasta que llegue el próximo día, y es ahí cuando me levanto con más fuerzas, no me complico, porque TODO pasa.

Estoy en pleno proceso de descubrir otra faceta en mi vida, que la describo como #Evolución. Quiero hacer cosas diferentes, y para eso me estoy preparando. Y le doy paso a algo que me fascina, la lectura, pues es sabiduría.

Piensa en ti, cuídate y protégete, luego enfócate y suelta en el camino las cosas que te afecten; camina liviano.

ivonnes-tattooNo olvides que el cambio es obligatorio para evolucionar. Te invito a darte la oportunidad de ser un espíritu libre, sin ataduras, de creer en ti y enfocarte en lo que verdaderamente importa: ¡TÚ MISMA!

No dudes nunca que todo pasa, y sólo queda el presente, el HOY. No planifiques tanto tu vida, sólo organiza tus pensamientos y metas y déjalos volar.  Te aseguro que vivirás a plenitud. Vive con lo simple,  ¡no te arrepentirás!

Un abrazo, Ivonne.
Te invito a que me sigas en Facebook o Instagram: ivonne.rosario.10

 

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Bienvenido Noviembre

Te prometí que a través de este Blog, iba a acompañarte en las buenas y no tan buenas. Hoy quisiera que, con ocasión de que comienza un nuevo mes, compartamos asuntos más positivos.

Noviembre es un mes interesante. Varios días feriados y muchas ocasiones para compartir entre amigos y familia. Y como es nuestra costumbre latina, con cada reunión, hay una nueva oportunidad de sentarnos a la mesa.

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Photo by Susanne Jutzeler on Pexels.com

La calabaza es bastante común por estas fechas, y puede ser el ingrediente “estrella” para servirle a los tuyos. Durante este mes voy a compartir algunas recetas a base de calabaza, para darte opciones de cómo llevarla a la mesa.

¿No te gusta la calabaza? ¡Esto es de lo que te estás perdiendo!

La calabaza, que dicho sea de paso es considerada una fruta, tiene altos niveles nutricionales: rica en vitaminas, minerales y antioxidantes, es además baja en grasas y calorías. También contiene potasio, que ayuda a mantener una presión arterial saludable.

Según MedicalNewsToday.com, uno de los mayores beneficios de la calabaza es el Beta Caroteno. Este es un antioxidante que tiene potentes efectos contra el asma, la hipertensión y ayuda a proteger al cuerpo contra ciertos tipos de cáncer. También es excelente para ayudar a controlar la diabetes y a proteger el sistema inmunológico. Por si fuera poco, ayuda a mantener saludables la piel, el cabello y los huesos. Todo eso es lo que aporta la calabaza a tu salud.

En el supermercado, es posible que encuentres enlatados de calabaza para usar en postres. ¡Pero ojo! Esos productos nunca podrán sustituir las virtudes de una calabaza fresca, porque son envasados y con azúcares añadidos.

¿Cómo conservarla?

Se mantiene bien en un lugar fresco y oscuro, pero si sólo has usado una parte y quieres conservar el resto, lo mejor es trocearla, cocerla un poco y congelarla. Nunca se congelan crudas, porque pierden humedad y al descongelarlas, pierden consistencia.

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Pero antes, quiero invitarte a que me envíes algunas de tus recetas a base de calabaza favoritas , para compartirlas. ¡Que no sólo sean las “barriguitas de vieja” o el flan de calabaza, plis!

La siguiente, es mi versión de la Crema de Calabaza, y que precisamente hice esta semana.

 

Crema de Calabaza y Pimientos Morrones (2 a 3 porciones)

Ingredientes

2 libras de calabaza Butternut Squash

(o 1 calabaza mediana puertorriqueña)

1 frasco mediano de Pimientos Morrones

I cda. de aceite de oliva

½ cebolla amarilla picada

2 a 2½ tazas de agua

1/4 de taza caldo de pollo bajo en sal

½ taza de crema

Una pizca de sal

Procedimiento:

  1. Con un cuchillo, corta la calabaza a la mitad. Si usas Butternut Squash, comienza con la parte superior (la parte larga), pues se te hará más fácil su manejo. Usando el cuchillo, le quitas la cáscara y la troceas en pedazos de 2 pulgadas, aproximadamente. Repite con el resto de la calabaza, quitándole la pulpa y las semillas primero.
  2. En una cacerola grande, calienta el aceite de oliva a fuego medio. Sofríe la cebolla hasta que se vuelva suave y transparente.
  3. Agrega 2 a 2 ½ tazas de agua, el caldo de pollo y la pizca de sal. Echa la calabaza troceada. Tapa la cacerola y ponla a hervir, unos 15 minutos o hasta que la calabaza esté cocida.
  4. Te va a quedar una sopa, que debes echar, poco a poco, en la licuadora. Hazla puré (va a quedar suave) y luego agrega los pimientos morrones poco a poco. Asegúrate que mezclen bien.
  5. Vierte la mezcla nuevamente en la cacerola y ponla a cocinar a fuego bajo, unos 10 minutos. Agrega el Heavy Cream. Revuelve suavemente hasta que cobre una consistencia más espesa y cremosa. Sazona al gusto, incluso le puedes echar una cucharada de miel, si le hiciera falta.
  6. Una vez la crema esté lista, sírvela en un plato de sopa. Puedes adornar con un poco de queso mozzarella rallado o con semillas de calabaza tostadas.

¡Buen provecho! ♥

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¡Hay Party! (gracias a la adversidad)

Un día como hoy, hace un año, atravesé una de las situaciones más difíciles que me ha tocado vivir.  La enfermedad tocó a mi puerta (inesperadamente, como suele hacerlo) y me obligó a ir al quirófano.

two person doing surgery inside room

Era una cirugía grande.  Mientras me preparaban para ir a sala de operaciones, pensaba en tres cosas. Primero, temblaba al recordar cuando el cirujano me recitó la lista de posibles complicaciones que podrían resultar del procedimiento.  Por ley, tenía que hacerlo.

Y en ese momento en que de por sí una está muerta de miedo, y a duras penas logra procesar lo que está a punto de enfrentar, a la mente se le ocurre “darle play” a las advertencias de aquella infame listita:  “puede haber pérdida de visión, de audición, de movimiento, de conocimiento, etcétera.. hasta la muerte.”  ¡Imagínate!  ¡Tiembla cualquiera!  Pero la mente es así de traicionera a veces, quizás para obligarnos a activar el “survival mode” o modo de supervivencia innato que nos viene ya con esto de ser humano.

Pero esa no fue la única lucha.  Mientras me buscaban la vena y y yo veía las estrellas con cada pinchazo, trataba de orar.  Soy una mujer cristiana, y desde luego que invoqué a Dios a medida que se acercaba el momento de entrar al quirófano.  Recité el Salmo 23, el 91, el 103 y el 121 sin parar.  Me faltaba el aire.  Trataba de aferrarme a mi fe, pero estaba demasiado tembluzca.  Ya sé, quizas te ríes pensando ¡que soy una cobarde!  Pero yo veía a aquella batería de médicos preparándose como para una batalla, y la verdad es que el miedo me traicionaba.  Cerré los ojos, y entre lágrimas, oraba.  Yo no sé ni qué decía, pero buscaba a Dios con las pocas fuerzas que el terror me permitía.

De repente escuché a alguien decir: “Okay, estamos listos”, y les juro que comencé a gritar para mis adentros que no, que la que no estaba lista era yo.  Nadie me escuchó, desde luego, porque yo estaba muda del susto.  Cuando sentí que la camilla comenzó a moverse rumbo a sala de operaciones (yo ya iba mas p’allá que p’acá, gracias a la anestesia), le dije a misma: ¡Misma, ahora fue!  Y no me quedó otro remedio que dejarme llevar y esconderme en la gracia y voluntad de Dios.

Sinceramente, les cuento estas cosas y todavía tiemblo.  No estoy segura si es estrés post traumático o que, en efecto, soy cobarde y punto.  Lo cierto es que cuando uno tiene que pasar por un evento como ese, o peores y más complicados, la vida no vuelve a ser la misma ¡jamás!

Escribo estas memorias hoy, porque tengo mucho un par de cosas que decir del trayecto hacia la recuperación y al celebrar lo que esas cosas inesperadas e inexplicables que ocurren en nuestra vida nos enseñan.

Recientemente inicié este blog, con la intención de apoyar a muchas de ustedes, con quien tengo lazos de amistad, familiares, laborales o en el camino de la Fe.  Escogí el nombre “Déjame acompañarte” porque, ¿sabes qué?  A pesar de que hubo gente maravillosa, que de una forma u otra estuvo conmigo en el proceso, la realidad es que es inevitable serntirnos confundidas, ansiosas, preocupadas, que perdamos el sueño, y sobre todo: solas.

Yo sé que mi experiencia no es la única, ni última de este mundo.  Hay muchas de ustedes que batallan con asuntos todavía más complicados, y aún asi tienen que hacer malabares en su día a día.  ¡Es más! ¡De ustedes debería aprender yo!  Lo que pasa es que muchas de nosotras nos reservamos las emociones producto de estas circunstancias, y es hora de que alguien nos diga que está bien hablarlas, que está bien buscar a alguien que nos acompañe en el proceso y, cuando menos, nos dé el espacio necesario para enfrentar nuestro duelo.

El duelo no es sólo cuando ocurre una muerte, sino es el sentimiento que produce la pérdida de algo muy querido y valorado.  Tal vez te ha pasado como a mí, que gente que nos aprecia nos repite hasta el cansancio que somos guerreras, que tenemos que ser fuertes, que no nos demos por vencidas, que sonríamos.  Una trata, de verdad, de que se ese positivismo le entre por los poros.  Pero ¿cuándo irá la gente a aceptar que es normal sentir miedo?  ¿Cuándo nos van a dar el espacio y respetar que lloremos en ese duelo que nos llega con la enfermedad y con la pérdida?

Amigas, ¡no estamos hechas de cemento ni tampoco somos las más titanas!  Está bien temer y llorar; es normal tener días que no queremos levantar un papel del piso, tanto como las miles de occasiones en que nos levantamos como Enriqueta y volteamos la casa limpiando o cuando nos queremos llevar al mundo por delante.

¡Ah! Y si eres una persona que cultiva una vida de fe, ¡qué empeño de la gente de espetarte ese “tienes que confiar más en Dios”!  ¿Es en serio? ¿Acaso que las emociones afloren en medio de la adversidad es contrario a creer?  Si no fuera porque una echa mano de la Fe, muchas de nosotras no hubiéramos podido salir adelante.  Y antes de que peque de hipócrita, le doy margen a que alguna vez me haya acercado a decir esas palabras a alguien, y en mi defensa ¿qué digo?  Que no es hasta que te pasa a ti, que comprendes las luchas de una persona enferma.

En este tiempo de recuperación, he podido reflexionar mucho en cómo la adversidad  se convierte en “un frenazo” en la desbocada carrera de la vida para volvernos a hacer gente, para sensibilizarnos.

chocolate cupcake with white and red toppings

Y aunque el trayecto para llegar hasta aquí hoy, día de celebración, no ha sido un camino de rosas… “hay party”.

No me puse los tacones altos, pero sí me pinté los labios adrede, para que todos noten mi sonrisa.  Estoy agradecida, de Dios y aquellas personas que hicieron lo indecible por ayudarme (¡ustedes saben quiénes son!).  Y he querido compartir con ustedes, mis amigas, por qué celebro mi paso por la adversidad con una actitud de fiesta y lo que he aprendido en el proceso.

Quizás te identificas un poco con mi historia; o tal vez estás atravesando por una difícil situación de salud.  Quiero que sepas que no estás sola, que tus temores y tus preguntas son naturales.  Te insisto en que está bien llorar, pero no vivir al amparo de la pena; que está bien temblar antes de entrar a la cita médica y pedir fuerzas al Altisimo, y luego mirarte al espejo del carro para arreglarte, para que nadie note tu congoja.  Es parte del proceso, amiga.

Te recuerdo que eres vulnerable y frágil, fuerte y determinada, y que así, con todas esas paradojas emocionales, cuentas conmigo si necesitas que te escuche y lloremos juntas.  No estás sola, no.  Aquí estoy yo, con cicatrices como las tuyas, para decirte: Déjame Acompañarte.

(30 de octubre de 2018)

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Pimientos Verdes

Soy boricua y vivo al sur de Pensilvania.  Residir en este estado nunca estuvo en mi agenda, pero aquí estoy.  Un lugar muy lindo, que me ha recibido como a una de las suyas.

El reto que tiene vivir por estos lares es que poca probabilidad hay de encontrar un restaurante puertorriqueño.  Si no lo hago yo misma, me quedo con las ganas de comer algún manjar de mi tierra.  Pero mi reflexión de hoy no esta motivada por la tripa, sino por la compasión.

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Verás, yo soy nacida y criada en el campo de Puerto Rico. Crecí entre los olores del agro, el canto del coquí y la humedad de la tierra fecunda.

Durante mi niñez, era totalmente normal ser parte de la “pre-producción” de pasteles (una versión libre y muy puertorriqueña de los tamales), ya fuera cortando cabulla (cordón) o limpiando las hojas de plátano.  Eran tareas importantes, pues cada una de esas partes aseguraba que el sabroso contenido se mantuviera intacto mientras se cocinaba.

Las mujeres se apoderaban de la cocina, ocupadas con hervir y exprimir el achiote, cocinar la carne, sazonar la masa de pasteles.  Aquellos aromas, producto de las manos expertas y nunca quietas de mi abuela, atraían a familiares y vecinos por igual.  Cuando llegaban y se daban la vuelta por la cocina, echando un ojo a la estufa, salían de allí con alguna tarea asignada, que no costaba más remedio que realizar si es que querían probar lo que se cocía en la olla.

Los hombres, por su parte, trabajaban afanosamente y casi sin pestañear, pelando las viandas.  Otros pasaban las horas rallando plátanos, yautías y guineos con guallos hechos de tapas de latas de galletas marca Sultana o Rovira, a las que se les habían hecho huequitos con un cuchillo.  Mi abuelo y mi tío eran expertos en ese arte rústico.  Otros hombres se enfocaban en el procesador “hecho en casa”, que si la memoria no me falla, consistía en el motor de una licuadora ensartado debajo de una cacerola vieja, para ir afinando las viandas ralladas y convirtiéndolas en aquella masa tosca, olorosa y que prometía darle forma a los pasteles y también a las alcapurrias.

Reunirse en el patio de casa de mis abuelos cuando iban a matar un cerdo también era de lo más normal.  De la misma manera, todos teníamos algo que hacer en el evento, incluso los niños… nuestra tarea era “salirnos del medio”, según mi abuelo.  Al final, ayúdabamos trayendo la leña ya cortada o sirviendo de meseros, buscando vasos con agua fría para los que ahora freían la carne en el fogón o la fileteaban para darle buen uso.

Le contaba eso a mi compañero de vida y me miraba horrorizado (la verdad, ¡casi fascinado de que no hubiera necesitado terapia sicológica después de esas vivencias!), porque su niñez en los suburbios de Pensilvania fue muy diferente.  Lo que no podía creer era que yo, siendo del campo, nunca hubiese sembrado y cosechado pimientos.

Es decir, crecí con todos los frutos de la tierra… ¿Pero yo? ¿Sembrarlos? ¿Cosecharlos?  No había sido mi tarea en la finca, concretamente.  Así que cuando me trajo varias plantitas de pimientos para que se convirtieran en mi “pasatiempo”, su gesto me sorprendió agradablemente.  Fue un volver “en miniatura” a mis días de infancia.

La experiencia, confieso, ha sido de mucha satisfacción.  Nada complicada y me pregunto por qué no lo hice antes.  Cuando una de las plantitas dio su primera cosecha, la celebramos como si nos hubierámos ganado el primer premio de la Loto.  Las demás matitas le siguieron los pasos de buena gana, dando sus frutos.  Menos una.  Era la de pimientos verdes… de esos rechonchos, que sirven para rellenarse y comerse relamiéndose.

Pasaron las semanas, y las plantas continuaban fértiles.  Pero aquella otra seguía rezagada.  Un día, mientras las mimaba con agua, tuve una conversación con la planta que aún no paría.

La miré con compasión y le dije: “Te pareces a mí.  Alrededor, todas las demás han tenido crías, pero al parecer, esto de ser mamá no es para ti ni para mí.  Sé que tu quieres, tanto como yo… pero hay veces que no está en nuestras manos.  No te acongojes, la vida sigue.  No te amargues, no por eso dejas de tener posibilidades.  Recibe el agua con que te riego, no para presionarte a que paras, sino para que llenes tus raíces.  Lo importante es que nunca dejes de ser tú.”  Bien poética que estaba yo.  Tanto, que lloré mientras le decía esas palabras.

Nunca dejé de regarla.  Nunca dejé de atenderla.  No me di por vencida.  ¡Al contrario!  Se convirtió en mi consentida.   Y la tierra no fue indiferente al afecto.

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A las pocas semanas, aquella que parecía estéril, comenzó a exhibir pequeños retoños.  ¡Mi alegría fue grande!  Verlos crecer dibujó una gran sonrisa en mi alma.  Mi felicidad se completó el día que parió su primer pimiento verde.

No conozco “demasiadas” mujeres para quienes la maternidad no se materializó.  Las que conozco, las he tenido muy presentes al escribir estas líneas.  Cada cual tiene sus razones y realidades sobre el tema, por lo que las respeto y admiro.  Hoy no es día de compartir por qué tampoco yo he podido ser mamá, aunque es un gran y valiente paso admitir públicamente que no lo soy y tal vez nunca lo seré.  Esa es la dura verdad.  Y me duele, porque lo deseaba.  Sin embargo, Dios no se hizo de la vista larga a lo que estaba en mi corazón.

Sí… ya sé que no se acaba el mundo y que está ese conocido proverbio que reza: “a quien Dios no le da hijos, le da sobrinos”.  ¡Gloria a Dios por los sobrinos!  El mío ha sido bálsamo y una de las bendiciones más hermosas que el Señor me ha dado.  Pero la bondad de Dios hacia mí no terminó sólo con mi sobrino.  Mi afecto ha sido repartido entre los hijos de mis amistades, de compañeros de trabajo, de vecinos, los niños de la iglesia en la que por tantos años asistí (muchos de ellos hoy son adultos), y más recientemente… me inicié en las lides de ser casi casi abuela.

Alguna vez fui como aquella planta de pimientos verdes.  Por mis propias posibilidades, ser madre parecía no ser para mí.  Pero la compasión y el amor de Dios hallaron una manera creativa para canalizar mi rudimentario instinto maternal.

Ciertamente no pasé por el embarazo o el alumbramiento en cuerpo y alma, pero descubrí que amar infinita  e incondicionalmente, lo que a mi parecer es lo más cercano a cómo ama una madre, no requiere necesariamente de 9 meses de gestación.  Se trata de un afecto sin reparos; de ver posibilidades; de entregarse con convicción para transformar la vida de otros.

No soy mamá, no.  Tampoco hago estas confesiones para recibir de quienes me leen una palmadita empática en el hombro.  Más bien abro mi corazón para acompañarte a ti, que quizás has sentido el vientre vacío, como yo.  Mucho menos busco orientación sobre opciones para alcanzar la maternidad.  Simplemente quiero que sepas que no estás sola, y que aún sin hijos propios, el amor que hay en ti puede transformar vidas, si tú así lo permites.

Si riegas tu plantita “de pimientos verdes”, verás resultados.  La clave está en ser compasivos, (¡incluso contigo misma!), en reconocer que siempre hay oportunidades abiertas esperando por ti, y que amar es el mejor legado que puedas dejar en este mundo terrenal.

A las que han tenido el privilegio de sostener un pedacito de su propia vida en sus brazos, gracias por dejarme amarlos también y como mejor he podido.  Y si andas un poco estresada porque ser mamá es complicado… ¡tranquila!  La plantita que bien se riega y se cuida, siempre da cosecha.  ♥

(9 de octubre, 2018)

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Rush

“What do workers gain from their toil?” – Ecclesiastes 3.9

Today is Monday, October 8th, 2018.  It was a cloudy day, just like the weekend.  With the gray clouds, temperatures are turning much cooler, making it more than obvious that Fall is here.

Image result for Leaf in treesLeaves, however, seem to be oblivious to the subtle changes.   They’ve shown very little interest in changing their green ensemble to the the earthy tones that makes this season so picturesque.

Here, in southern Pennsylvania, it is quite an enjoyable spectacle of colors when Nature displays its array of orange, yellows and reds on the foliage, thus making it the favorite time of the year for many of its residents.  But trees, in their wisdom, know very well there’s no rush for such change… yet.

But if you go to the stores, you can expect to question if it’s still October or December is already here.  From the moment the electronic doors welcome buyers to its sales heaven, one can spot Autumn decor everywhere.  According to the sales wizards, plastic pumpkins make a great buy, for they can be used either for Halloween as much as for Thanksgiving.  Next to them, in their shiny colors, Christmas ornaments and New Year’s novelties.

What’s the rush?  In order to increase their sales, it seems that stores are thrusting us to hurry into the future and forget about living our present.  What’s wrong with living our days in calm and conscious about the blessing it is to live one day at a time?  Or is it that we have taken into the practice of overflowing our personal calendar (and lives) with multiple commitments and responsibilities, that we feel necessary to be occupied and preoccupied instead of making the most of today in peace?

Living a serene life has become a lifestyle in danger of extinction.  Everything around us is happening too quickly, and it seems almost normal to get infected with the speed with which the world goes.  More and more, we are running out of patience, to the point of preferring to have a short version of a conversation, reduced to simply give “the headlines” of it, and if possible, make it fit in a tweet or a text message… better yet, summarize what we need to say with an emoji.  It seems like there’s always something more important to do, or that we are obsessed with having our minds anywhere else but here, and now.  It seems to me like yet another addiction to be added to the long list of destructive behaviors of us, humans.

What a pity to live life with such rush!  And don’t think that it’s easy for me to sit here and point fingers, since for many years I lived life just like that: hurried.  Until one day, after stumbling with a lot of life experiences, I opened my eyes to realize that I was missing on a lot of the good stuff, which by the way was the most valuable of life itself.  I lived my days with my head in the future… and I don’t mean to forget about tomorrow.  It’s simply a realization that tomorrow does not fit and can not be lived today.

Living a rushed life can only produce stress and anxiety.  Anxiety brings illnesses.  Illnesses produce pain.  And pain opens the door to unhappiness.  So if we are unhappy with such rushed life, why are we running headless behind it?

 

Put on the brakes.  Stop. Breathe.  Lift your head up.  Open your eyes and observe.  Look intently.  You’ll discover little details that are often missed because of the speed with which we go by in life.  Blessings only appreciated by those who take life’s journey in a calmed way, who make time to reflect on their surroundings and grant life’s little things the value they should truly have.

It’s not an easy exercise, I know it very well.  Just give it a try, for real, and do it at least once a day. You’ll start to see and understand life much differently, guaranteed.  And this is not a fancy excuse to put off plans or setting goals, but to slow down and smell the roses.

Living in a rush will never give us the satisfactions of living a serene life.  For when we slow down, we are able to be in tune with our surroundings, with our loved ones, to have a renewed perspective of our circumstances and realities, and most of all, with God, the One who created you and gave you life, so you can live it, enjoy it and cherish to its fullest.

 

Prisa

“¿Qué provecho obtiene el que trabaja de aquello en que se afana?” –Eclesiastés 3.9

Hoy es lunes, 8 de octubre de 2018.  Estuvo nublado todo el fin de semana, y hoy no ha sido excepción.  Con las nubes grises, las temperaturas van tornándose más frescas y con esos cambios, vamos asimilando que ya estamos en otoño.

Image result for Leaf in treesLas hojas, en cambio, aún no se animan a ir mudando sus vestidos verdes por los de tonos ocres.  Aquí en el sur de Pensilvania, el espectáculo de colores da gusto cuando la naturaleza despliega sus vestidos de temporada, y con mucha razón hay quienes dicen que esta es su estación preferida del año.  Pero los árboles, todos ellos sabios, saben que todo tiene su tiempo.

En los comercios, la experiencia es diferente.  Uno no sabe si es octubre o diciembre.  Desde que abren las puertas automatizadas de la mayoría de los establecimientos, pueden verse todo tipo de adornos otoñales.  Las calabazas de plástico, dicen los vendedores, pueden bien usarse para la Noche de Brujas como para el Día de Acción de Gracias; y más al lado, también se encuentran los ornamentos navideños y de año nuevo.

¡Cuánta prisa!  Por vender, los comercios nos empujan a desvivirnos por el futuro y a olvidarnos de disfrutar el vivir ahora.  ¿Acaso está mal enfrentar nuestros días con pausa y ser conscientes de la bendición que es vivir un día a la vez?  ¿O será quizas que nos ha gustado desbordar la agenda de vida con compromisos y responsabilidades, que ahora nos vemos obligados a estar más ocupados y preocupados en vez de disfrutar del hoy con tranquilidad?

Vivir de forma sosegada es un estilo de vida en peligro de extinción.  Todo va tan a prisa, que es fácil contagiarnos con la alta velocidad con que trasita el mundo a nuestro derredor.  Preferimos que nos den “los titulares” o la versión corta de una conversación, y si es posible que quepa en un “tuit” o mensaje de texto, y por qué no, mejor resumirlo en un “emoji”.  Pareciera que siempre hay algo más importante qué hacer, o que deseamos que nuestra mente esté en cualquier otro lugar menos aquí, ahora…  A mi juicio, es una adicción más en la larga lista de conductas destructivas del ser humano.

¡Qué pena que vayamos así por la vida!  Y no me lo tomes a mal, porque por muchos años yo también viví así.  Un día, después de varios tropezones, abrí mis ojos a la realidad de ese “desvivir”, al darme cuenta de lo que me estaba perdiendo en mi vida y que, en realidad, era lo que mayor valor tenía.  Vivía el hoy pensando en el mañana…. y no digo que hay que vivir de espaldas al futuro, sino que el futuro no cabe y no puede vivirse en el hoy.

Esa prisa lo que nos trae es ansiedad.  La ansiedad nos trae enfermedad.  La enfermedad nos trae dolor.  El dolor nos trae infelicidad.  Y si somos infelices a causa de esa prisa, ¿por qué la seguimos de forma desbocada?

Frena. Deténte.  Respira.  Levanta tu cabeza.  Abre tus ojos y observa.  Mira bien.  Descubrirás detallitos que la prisa nos hace pasar por alto.  Bendiciones de Dios, envueltas en su propia sencillez, que sólo quien camina sosegadamente y reflexiona, puede darles el incomparable valor que merecen.

No es fácil este ejercicio, yo lo sé bien.  Sólo se necesita un poco de voluntad y hacerlo aunque sea una vez al día.  Verás la vida diferente, te lo garantizo.   Y no se trata de una excusa para echar al olvido el planifacarse y tener metas, sino de bajar revoluciones.

La prisa nunca podrá darnos las satisfacciones que vivir pausadamente nos provee.  Porque con la pausa nos ponemos en sintonía con nuestro entorno, con los nuestros, con una nueva perspectiva de lo que son nuestras circunstancias y realidades, y más que nada, de Dios, quien te dio la vida para que la vivas y disfrutes a plenitud.