Bienvenido Noviembre

Te prometí que a través de este Blog, iba a acompañarte en las buenas y no tan buenas. Hoy quisiera que, con ocasión de que comienza un nuevo mes, compartamos asuntos más positivos.

Noviembre es un mes interesante. Varios días feriados y muchas ocasiones para compartir entre amigos y familia. Y como es nuestra costumbre latina, con cada reunión, hay una nueva oportunidad de sentarnos a la mesa.

close up photo of orange and green squash
Photo by Susanne Jutzeler on Pexels.com

La calabaza es bastante común por estas fechas, y puede ser el ingrediente “estrella” para servirle a los tuyos. Durante este mes voy a compartir algunas recetas a base de calabaza, para darte opciones de cómo llevarla a la mesa.

¿No te gusta la calabaza? ¡Esto es de lo que te estás perdiendo!

La calabaza, que dicho sea de paso es considerada una fruta, tiene altos niveles nutricionales: rica en vitaminas, minerales y antioxidantes, es además baja en grasas y calorías. También contiene potasio, que ayuda a mantener una presión arterial saludable.

Según MedicalNewsToday.com, uno de los mayores beneficios de la calabaza es el Beta Caroteno. Este es un antioxidante que tiene potentes efectos contra el asma, la hipertensión y ayuda a proteger al cuerpo contra ciertos tipos de cáncer. También es excelente para ayudar a controlar la diabetes y a proteger el sistema inmunológico. Por si fuera poco, ayuda a mantener saludables la piel, el cabello y los huesos. Todo eso es lo que aporta la calabaza a tu salud.

En el supermercado, es posible que encuentres enlatados de calabaza para usar en postres. ¡Pero ojo! Esos productos nunca podrán sustituir las virtudes de una calabaza fresca, porque son envasados y con azúcares añadidos.

¿Cómo conservarla?

Se mantiene bien en un lugar fresco y oscuro, pero si sólo has usado una parte y quieres conservar el resto, lo mejor es trocearla, cocerla un poco y congelarla. Nunca se congelan crudas, porque pierden humedad y al descongelarlas, pierden consistencia.

Ahora, a la recetaappetizer-bowl-creamy-1277483

Pero antes, quiero invitarte a que me envíes algunas de tus recetas a base de calabaza favoritas , para compartirlas. ¡Que no sólo sean las “barriguitas de vieja” o el flan de calabaza, plis!

La siguiente, es mi versión de la Crema de Calabaza, y que precisamente hice esta semana.

 

Crema de Calabaza y Pimientos Morrones (2 a 3 porciones)

Ingredientes

2 libras de calabaza Butternut Squash

(o 1 calabaza mediana puertorriqueña)

1 frasco mediano de Pimientos Morrones

I cda. de aceite de oliva

½ cebolla amarilla picada

2 a 2½ tazas de agua

1/4 de taza caldo de pollo bajo en sal

½ taza de crema

Una pizca de sal

Procedimiento:

  1. Con un cuchillo, corta la calabaza a la mitad. Si usas Butternut Squash, comienza con la parte superior (la parte larga), pues se te hará más fácil su manejo. Usando el cuchillo, le quitas la cáscara y la troceas en pedazos de 2 pulgadas, aproximadamente. Repite con el resto de la calabaza, quitándole la pulpa y las semillas primero.
  2. En una cacerola grande, calienta el aceite de oliva a fuego medio. Sofríe la cebolla hasta que se vuelva suave y transparente.
  3. Agrega 2 a 2 ½ tazas de agua, el caldo de pollo y la pizca de sal. Echa la calabaza troceada. Tapa la cacerola y ponla a hervir, unos 15 minutos o hasta que la calabaza esté cocida.
  4. Te va a quedar una sopa, que debes echar, poco a poco, en la licuadora. Hazla puré (va a quedar suave) y luego agrega los pimientos morrones poco a poco. Asegúrate que mezclen bien.
  5. Vierte la mezcla nuevamente en la cacerola y ponla a cocinar a fuego bajo, unos 10 minutos. Agrega el Heavy Cream. Revuelve suavemente hasta que cobre una consistencia más espesa y cremosa. Sazona al gusto, incluso le puedes echar una cucharada de miel, si le hiciera falta.
  6. Una vez la crema esté lista, sírvela en un plato de sopa. Puedes adornar con un poco de queso mozzarella rallado o con semillas de calabaza tostadas.

¡Buen provecho! ♥

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¡Hay Party! (gracias a la adversidad)

Un día como hoy, hace un año, atravesé una de las situaciones más difíciles que me ha tocado vivir.  La enfermedad tocó a mi puerta (inesperadamente, como suele hacerlo) y me obligó a ir al quirófano.

two person doing surgery inside room

Era una cirugía grande.  Mientras me preparaban para ir a sala de operaciones, pensaba en tres cosas. Primero, temblaba al recordar cuando el cirujano me recitó la lista de posibles complicaciones que podrían resultar del procedimiento.  Por ley, tenía que hacerlo.

Y en ese momento en que de por sí una está muerta de miedo, y a duras penas logra procesar lo que está a punto de enfrentar, a la mente se le ocurre “darle play” a las advertencias de aquella infame listita:  “puede haber pérdida de visión, de audición, de movimiento, de conocimiento, etcétera.. hasta la muerte.”  ¡Imagínate!  ¡Tiembla cualquiera!  Pero la mente es así de traicionera a veces, quizás para obligarnos a activar el “survival mode” o modo de supervivencia innato que nos viene ya con esto de ser humano.

Pero esa no fue la única lucha.  Mientras me buscaban la vena y y yo veía las estrellas con cada pinchazo, trataba de orar.  Soy una mujer cristiana, y desde luego que invoqué a Dios a medida que se acercaba el momento de entrar al quirófano.  Recité el Salmo 23, el 91, el 103 y el 121 sin parar.  Me faltaba el aire.  Trataba de aferrarme a mi fe, pero estaba demasiado tembluzca.  Ya sé, quizas te ríes pensando ¡que soy una cobarde!  Pero yo veía a aquella batería de médicos preparándose como para una batalla, y la verdad es que el miedo me traicionaba.  Cerré los ojos, y entre lágrimas, oraba.  Yo no sé ni qué decía, pero buscaba a Dios con las pocas fuerzas que el terror me permitía.

De repente escuché a alguien decir: “Okay, estamos listos”, y les juro que comencé a gritar para mis adentros que no, que la que no estaba lista era yo.  Nadie me escuchó, desde luego, porque yo estaba muda del susto.  Cuando sentí que la camilla comenzó a moverse rumbo a sala de operaciones (yo ya iba mas p’allá que p’acá, gracias a la anestesia), le dije a misma: ¡Misma, ahora fue!  Y no me quedó otro remedio que dejarme llevar y esconderme en la gracia y voluntad de Dios.

Sinceramente, les cuento estas cosas y todavía tiemblo.  No estoy segura si es estrés post traumático o que, en efecto, soy cobarde y punto.  Lo cierto es que cuando uno tiene que pasar por un evento como ese, o peores y más complicados, la vida no vuelve a ser la misma ¡jamás!

Escribo estas memorias hoy, porque tengo mucho un par de cosas que decir del trayecto hacia la recuperación y al celebrar lo que esas cosas inesperadas e inexplicables que ocurren en nuestra vida nos enseñan.

Recientemente inicié este blog, con la intención de apoyar a muchas de ustedes, con quien tengo lazos de amistad, familiares, laborales o en el camino de la Fe.  Escogí el nombre “Déjame acompañarte” porque, ¿sabes qué?  A pesar de que hubo gente maravillosa, que de una forma u otra estuvo conmigo en el proceso, la realidad es que es inevitable serntirnos confundidas, ansiosas, preocupadas, que perdamos el sueño, y sobre todo: solas.

Yo sé que mi experiencia no es la única, ni última de este mundo.  Hay muchas de ustedes que batallan con asuntos todavía más complicados, y aún asi tienen que hacer malabares en su día a día.  ¡Es más! ¡De ustedes debería aprender yo!  Lo que pasa es que muchas de nosotras nos reservamos las emociones producto de estas circunstancias, y es hora de que alguien nos diga que está bien hablarlas, que está bien buscar a alguien que nos acompañe en el proceso y, cuando menos, nos dé el espacio necesario para enfrentar nuestro duelo.

El duelo no es sólo cuando ocurre una muerte, sino es el sentimiento que produce la pérdida de algo muy querido y valorado.  Tal vez te ha pasado como a mí, que gente que nos aprecia nos repite hasta el cansancio que somos guerreras, que tenemos que ser fuertes, que no nos demos por vencidas, que sonríamos.  Una trata, de verdad, de que se ese positivismo le entre por los poros.  Pero ¿cuándo irá la gente a aceptar que es normal sentir miedo?  ¿Cuándo nos van a dar el espacio y respetar que lloremos en ese duelo que nos llega con la enfermedad y con la pérdida?

Amigas, ¡no estamos hechas de cemento ni tampoco somos las más titanas!  Está bien temer y llorar; es normal tener días que no queremos levantar un papel del piso, tanto como las miles de occasiones en que nos levantamos como Enriqueta y volteamos la casa limpiando o cuando nos queremos llevar al mundo por delante.

¡Ah! Y si eres una persona que cultiva una vida de fe, ¡qué empeño de la gente de espetarte ese “tienes que confiar más en Dios”!  ¿Es en serio? ¿Acaso que las emociones afloren en medio de la adversidad es contrario a creer?  Si no fuera porque una echa mano de la Fe, muchas de nosotras no hubiéramos podido salir adelante.  Y antes de que peque de hipócrita, le doy margen a que alguna vez me haya acercado a decir esas palabras a alguien, y en mi defensa ¿qué digo?  Que no es hasta que te pasa a ti, que comprendes las luchas de una persona enferma.

En este tiempo de recuperación, he podido reflexionar mucho en cómo la adversidad  se convierte en “un frenazo” en la desbocada carrera de la vida para volvernos a hacer gente, para sensibilizarnos.

chocolate cupcake with white and red toppings

Y aunque el trayecto para llegar hasta aquí hoy, día de celebración, no ha sido un camino de rosas… “hay party”.

No me puse los tacones altos, pero sí me pinté los labios adrede, para que todos noten mi sonrisa.  Estoy agradecida, de Dios y aquellas personas que hicieron lo indecible por ayudarme (¡ustedes saben quiénes son!).  Y he querido compartir con ustedes, mis amigas, por qué celebro mi paso por la adversidad con una actitud de fiesta y lo que he aprendido en el proceso.

Quizás te identificas un poco con mi historia; o tal vez estás atravesando por una difícil situación de salud.  Quiero que sepas que no estás sola, que tus temores y tus preguntas son naturales.  Te insisto en que está bien llorar, pero no vivir al amparo de la pena; que está bien temblar antes de entrar a la cita médica y pedir fuerzas al Altisimo, y luego mirarte al espejo del carro para arreglarte, para que nadie note tu congoja.  Es parte del proceso, amiga.

Te recuerdo que eres vulnerable y frágil, fuerte y determinada, y que así, con todas esas paradojas emocionales, cuentas conmigo si necesitas que te escuche y lloremos juntas.  No estás sola, no.  Aquí estoy yo, con cicatrices como las tuyas, para decirte: Déjame Acompañarte.

(30 de octubre de 2018)

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¡Deseo escuchar y compartir contigo muchas más vivencias!