A todos los hombres que conozco

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Llevo varias semanas dándole terapia.  A veces física, porque dice que cuando le doy un masaje en los pies, aunque no es experto, siente que baja revoluciones.  Le aprieto un poco, y tensa la boca y el cuello porque es evidente que le duele, pero cuando voy soltando suavemente, se dibuja en su rostro el alivio.

Otras veces, la terapia va dirigida a su humor.  Ha tenido días complicados en el trabajo, y se frustra porque son muchas las ocasiones en que lo que arregla por un lado, cuando a alguien se le chispotea un olvido o un error, se le desconchunfla todo lo demás.  Últimamente se desvive porque llegue la hora de salida, y cuando nos encontramos al final de su día laboral, necesita desahogarse con urgencia… y mientras me cuenta y revive las peripecias de la jornada, le da coraje.  Trato de hacer de sicóloga y humorista, a ver si eso aplaca su temperamento súbito, y si no me resulta, le digo que se dé una larga ducha y deje escurrir el estrés por la tubería.

Las más frecuentes son las terapias de perspectiva.  Me cuenta de los reveses en la agenda para el día, que va construyendo mientras maneja hacia el trabajo, y cómo le hierve la sangre cuando, a las tres de la tarde, se da cuenta que ha pasado gran parte de su tiempo apagando fuegos y sin poder lograr lo que se propuso apenas rayaba el sol.  Identifica claramente en qué se equivocaron los demás, mientras yo con astucia, amor y sin llevarle la contraria, trato asimismo de ajustarle los espejuelos de su actitud, para ayudarlo a ver si él también tuvo sus fallas.

Y reparo en que, aunque siempre ha sido un hombre decidido, fuerte y práctico, también tiene sus limitaciones y no siempre sabe cómo expresar lo que siente.  Además, en que puede hacer malabares con una agenda cargada, pero llega el momento en que le sobra talento, pero le faltan manos y energía.

Voy descubriendo, mientras medito y busco dirección de Dios para ayudarlo con las palabras y la actitud adecuada, que atraviesa cambios de los que quizás no se ha dado cuenta.  Ya pasó de los 50, y la edad va ganando terreno en su agilidad física.  Y como su mente, gracias a Dios, está como la de un nene de 15, apenas aprende a compaginarlas a las dos en un trabajo de alta demanda.

Me doy cuenta también de que extraña a su mamá.  No porque haya sido “Mama’s Boy”, sino porque ella, que lo conocía mejor que nadie, podía leer su semblante sin que él dijera una sola palabra, y le decía las palabras justas que necesitaba escuchar, para apaciguar su agitado desasosiego.  Pero su mamá ya no está.  Murió hace dos años, y todavía (a su manera) la llora.

Me tiene a mí, sin embargo.  Trato de ser y hacer lo más que puedo, de cubrir todas las bases y al mismo tiempo ser cheerleader, pero a veces no estoy segura si tengo todas las destrezas y herramientas que él necesita para ayudarlo, apoyarlo e inspirarlo.  Lo intento, con fuerza y amor, ésa es la verdad.  Leo, me educo, hago el tiempo y creo el ambiente para disipar lo que lo tiene estresado.  En la cocina, me esmero.  Le pongo su musiquita, le digo que lo quiero.

Escribiendo estas líneas, por un instante no sé si les hablo de mi compañero de vida o de mi padre.  Y agarro el teléfono, hablo con mami, y me doy cuenta que no soy sólo yo la que tiene un hombre extraordinario por pareja, que es menos Supermán y a veces hasta más vulnerable que yo.

Mami me escucha, se ríe conmigo de mis cuentos y me aconseja.  Al colgar el teléfono, vienen a mi memoria los nombres de muchas amigas que han tenido desafíos como los míos, y muchas veces hasta más complejos.  Y también me acuerdo de muchos amigos quienes, sin querer y sin mediar palabra, han dado señales de que no han sido tan agraciados en tener ayuda durante sus pruebas.

Es que esto de las relaciones es una aventura nueva cada día.  Me resulta inspirador y hasta curioso cómo mis abuelos maternos, aún vivos y ya en los 90 años de edad, han podido sobrellevar tanto.  Han superado circunstancias que muchas parejas hoy día no tendríamos idea de cómo enfrentar, y es casi seguro que si las viviéramos, tiraríamos la toalla antes de que suene la campana del primer “round”.

Amigas: ¡qué importante apoyo e influencia somos en la vida de nuestros compañeros, aún cuando nos toque subir a cuestas en ciertos momentos de nuestro caminar!

Amigos: ¡qué importante es que nos dejen ayudarlos y comuniquen con acierto lo que les preocupa!

Me afirmo en que, unas veces, no sabemos poner en palabras lo que nos desafía; y que en otras ocasiones, no sabemos brindar o recibir las respuestas apropiadas para intentar buscar soluciones.

Esta no es una confesión de que tengo problemas con mi pareja.  Lejos de eso.  Es sólo que voy conociendo otras dimensiones de ser pareja; que después de los 40, una relación tiene componentes mucho más trascendentales que cuando uno es más joven, y que para llegar a la vejez juntos, hay que echar mano de otras vivencias y estrategias.

Más bien, hoy quiero hablarle a los hombres.  A mis amigos, a mis colegas, a mi hermano y mis primos, y a los que son como de mi propia sangre y que he conocido en el camino.  ¿Cómo podemos ayudarles?

Mi compañero a veces se hace el fuerte, y así él mismo lo confiesa.  “No quiero preocuparte”, me dice, pero yo sé que en el fondo lo que le cuesta es revelar su vulnerabilidad.

En estos días me confesó que a veces no se atreve a decirme más de lo que turba su corazón, porque no quiere desilusionarme.  Y yo lo observo, pasmada y conmovida a la vez.  Quiere protegerme, y al mismo tiempo me pide ayuda a gritos con esa acción.  Sin darme cuenta, meto mis dedos en su pelo y lo acaricio, le sonrío y le digo que se deje de tonterías, que el amor todo lo puede.

Pero sé que no es el único que se ha sentido así.  Recibo un “flash” de imágenes de mi papá, en momentos difíciles durante mi niñez y adolescencia.  Recuerdo a algunos de mis tíos, cada cual batallando con sus propios gigantes. Y a otros tantos varones que conozco, que alguna vez en confidencia y con ojos llorosos, se han sentido que lo que se espera de ellos es mucho más de lo que creen que pueden dar.

Me solidarizo con ustedes.  Mi corazón vibra compasivo.  Mis brazos se extienden para brindarles un abrazo a la distancia.  Y les afirmo que ser vulnerables es sólo sinónimo de ser humanos; que estos son otros tiempos, y que ya no hace falta aparentar “ser un Macho”, porque no hay mayor atractivo que un hombre tan seguro de sí mismo, que es capaz de mostrar su lado vulnerable.

No es diferente a lo que nos pasa a nosotras las mujeres.  Por eso podemos entenderlos.  Y pienso que para poder superar los momentos duros, es preciso aprender a mirar, aceptar y amar nuestras fragilidades como personas.

En medio de este escrito, sonó el teléfono.  Era él, mi compañero de vida.  Sólo quería constatar que sigo aquí para él, y aunque lo sabe de sobra, necesitaba escucharlo de mis labios, como si fuera una inyección de seguridad.

Estos momentos retantes van a pasar, y muy pronto… así lo creo. Confío en que resultarán en una relación más fortalecida y un conocernos más profundo.  Espero con una sonrisa en los labios el día en que, recordando estas vivencias, podamos reírnos juntos y decir: “sólo fue un instante, hemos caminado juntos mucho más”.

¡Ánimo!  Aunque estemos cerca del invierno, la primavera no tardará en llegar.

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